Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1109
Noticias del Museo Funerario:

El descanso eterno en las Iglesias de Buenos Aires

En la iglesia San Juan Bautista descansan los restos de don Pedro Melo de Portugal y Villena, quinto virrey del Plata, muerto en Montevideo hacia 1797 y trasladado a este reposo eterno por expresa voluntad. Además, bajo el coro de esta iglesia existe una cripta que albergó los cuerpos de doscientas setenta monjas clarisas.

En la iglesia de San Francisco y su respectiva capilla de San Roque funcionaron hasta 1882 sendos enterratorios. A la entrada del templo están los restos de fray Luis Bolaños, misionero del litoral; también de los frailes Gabriel y Juan Arregui, hermanos y obispos franciscanos, promotores de la construcción de este templo y fray Argañaraz. Bajo el altar funcionó una cripta a la que se accede por el desplazamiento de una placa de mármol. Allí todavía reposa el doctor Mariano Acosta ‑gobernador de Buenos Aires y vicepresidente de Nicolás Avellaneda entre 1874 y 1880junto a su esposa María Remedios de Oromi Escalada, sobrina de la esposa del general San Martín.

Una placa recuerda a la esposa del Virrey del Pino ‑la llamada “Virreina vieja”, suegra de Bernardino Rivadavia. Se conserva además el hermoso ataúd que albergara a Fray Luis Bolaños, traído de España por el capitán Maldonado. El camposanto que perteneció a esta iglesia se encontraba a sus espaldas, donde estaba el pasaje 5 de Julio, hoy también desaparecido. Todo a escasos metros de la actual Casa Rosada.

En Santo Domingo descansa en altar propio don Juan Antonio Lezica y Osamiz, acaudalado comerciante que colaboró con su primo Juan José de Lezica y Torrezuri, en la construcción de este templo (don Juan José tuvo menos suerte, ya que murió y fue enterrado en Luján, donde habría sido confinado por razones políticas: “No me voy, que me lleven”, dijo irónicamente al ser conducido a su reclusión). También dentro del templo están los restos de los padres del general Belgrano, por las generosas contribuciones con las que habían favorecido esa iglesia. También debería estar aquí don Martín de Alzaga, por mérito y piadosa caridad, empañada a último momento por su ejecución en la Plaza de Mayo, circunstancia que le impidió ser sepultado en el templo por el que tanto había hecho (sin embargo, paradójicamente, una placa lo recuerda al lado del general Zapiola, de conocida militancia masónica). Los restos de Alzaga fueron hallados en el patio de la iglesia de San Miguel y trasladados a la bóveda familiar en la Recoleta para reencontrarse con su esposa e hijas, que no volvieron a salir de su hogar después del ajusticiamiento de su padre hasta que la muerte las condujo a esa cripta. El general Antonio González Balcarce, vencedor de Suipacha, yace en este templo, al igual que el general Hilarión de la Quintana, tío de Remedios Escalada. El último en ser aquí enterrado fue José Nevares Trespalacios, hijo de Alejo Nevares, ambos celosos defensores de la fe de sus mayores.

Es en la iglesia del Pilar, donde Martín Altolaguirre ocupa un lugar de privilegio, custodiado por las reliquias de tantos santos asegurándose un espacio en los cielos, al igual que su hermano, fray Francisco, enterrado bajo el Altar Mayor. Una placa bajo el altar de la virgen del Carmen dice que la “Virreina Vieja” se encuentra aquí enterrada. En realidad su cuerpo momificado se conservó en la cripta de San Francisco, hasta el incendio del templo en 1955; después fue trasladado a su presente emplazamiento. Con menor prosapia, pero más próximos a nuestra historia, están enterrados aquí el doctor Miguel O’Gorman (fundador del Protomedicato y tío abuelo de Camila), el tío de Bernardino Rivadavia y el primero de los Yrigoyen, además de la madre del general Juan Lavalle, casi a la entrada de la Basílica.

EN LA CATEDRAL

La Catedral alberga no sólo a José de San Martín, Gregorio Las Heras y Tomás Guido, sino al combativo monseñor Federico Aneiros ‑bajo una hermosa escultura de Víctor de Pol‑ y al cardenal Antonio Quarracino, que pidió ser enterrado allí con sus padres. Además se encuentran otros obispos de esta ciudad, como Fermín Lafitte, Mariano Espinosa, José María Bottaro y el cardenal Antonio Caggiano.

En su cripta descansa don Domingo Basavilbaso, síndico de la Catedral, distinguido caballero de destacados servicios al frente del primitivo correo colonial, que le valió en vida la consideración del mismísimo Rey de España, y más allá de las mundanas vanidades, el indiscutible honor de merecer un reposo eterno en este lugar de privilegio. Su esposa está enterrada muy cerca de José de San Martín.

OTROS LUGARES

Pero no todos ostentaban los méritos y blasones de estos señores. La gente moría por los ataques imprevistos de indios y piratas, por hambrunas y pestes. Cuando estas últimas asolaban a la población, se acostumbraba hacer una fosa común lo más lejana posible para ahuyentar los malos aires, arrastrando al occiso envuelto en humilde mortaja, atada a la cola de un caballo. Pronto las iglesias agotaron sus espacios y se hizo necesario enterrar en las vecindades benditas, que se llamaron Campo Santo. Aquí también la cercanía era una condición de honor y los mismos muros se convirtieron en distinguidos sepulcros como aún hoy se ven en la iglesia del Pilar.

Una vez cumplido el trámite del velatorio (para descartar inesperados retornos del más allá), el fallecido era amortajado con un sayal de la orden a la que pertenecía. Estos sayales decían tener mayor capacidad redentora en la medida que hubiesen pertenecido por más tiempo a sacerdotes de renombrada santidad. Juan José Paso, Encarnación Ezcurra, Agustina López Osorno de Ortíz de Rosas y hasta don Hipólito Yrigoyen, fueron enterrados siguiendo esta costumbre.

Una vez trasladado el ataúd a pulso hasta la iglesia, acompañado por los deudos y el tañido de las campanas, se oficiaba primero una misa de difuntos, para ser conducido finalmente hasta una fosa cavada bajo el piso del templo. Vuelta la baldosa a su lugar, sólo se señalaba ese sitio en circunstancias muy especiales. Pero las familias reconocían el lugar y generalmente allí se ubicaban cuando asistían a los servicios religiosos. Los entierros en campo santo eran menos espectaculares, ya que estos lugares eran reservados para personajes de menor abolengo.

Esta costumbre de enterrar en las iglesias tendría sus días contados, cuando llegaron al gobierno de la provincia de Buenos Aires Martín Rodríguez y su ideólogo, Bernardino Rivadavia. Aunque en 1803 ya se había prohibido sepultar en los templos por los peligros que eso implicaba para la salud (más los aromas irrespirables durante el verano), la medida fue resistida por la población que continuó sepultando en las iglesias, a falta de otro lugar más adecuado.

Desde 1787, la Real Hermandad de San José y Animas del Campo Santo, se encargaba de ofrecer cristiana sepultura a todos aquellos que no podían afrontar los gastos del entierro, y oficiaban el rito en un terreno vecino a la Parroquia de San Pedro González Telmo (ubicado sobre la actual Humberto 1° y Defensa).

Fuente: Todo es Historia – Morir en Buenos Aires – Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad – Omar Lopez Mato

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