Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1109
Noticias del Museo Funerario:

Transportando muertos

Los adelantos permitieron el traslado hacia esas lejanas comarcas a través de la legendaria “Porteña” ([2]), que en épocas de crisis servía de “tren fúnebre”, como se le dio en llamar, reemplazando al carro fúnebre prestado por la policía, según el famoso decreto 109 de 1822, que establecía gratuidad en caso de pobreza de solemnidad y más adornos y lujos, según crecientes tarifas.

El primero en gozar de este privilegio en 1822 fue Augusto Rodney, ministro plenipotenciario estadounidense, sobrino de uno de los firmantes del acta de Independencia americana, sorpresivamente fallecido durante su visita a Buenos Aires y enterrado con pompa en el primer cementerio protestante.

Existió a su vez otro carro extraño, pintado de blanco, con cortinas celestes, conducido por un joven vestido de colorado con sombrero coronado por un penacho blanco, reservado para los entierros de niños, que se dio en llamar el “Carro de los Angelitos”.

Las familias competían en mostrar desmedido dolor y respeto por el difunto, alquilando carros en proporciones exageradas, lo que llevó al gobernador Juan José Viamonte a legislar, en octubre de 1829, un decreto limitando el número de vehículos, ya que este afán de ostentación había llevado a la ruina a más de una familia de pocos recursos, pero con grandes aspiraciones.

En 1888 se hizo cargo de este lúgubre transporte la compañía de Tranvías Federico Lacroze, con seis servicios diarios que partían de Corrientes y Medrano.

Portena

Hacia 1863 surgió un nuevo enfrentamiento entre las masónicas autoridades y la Iglesia, que hasta el momento se había negado a permitir descansar en campo santo a todos aquellos que se opusieron a sus creencias, llegando al punto de desenterrar o negar sepultura al ex presidente Santiago Derqui, excomulgado por el obispo de Córdoba, monseñor Benito Lascano. Ese año murió Blas Agüero, conocido francmasón y ateo (que no son la misma cosa, como simplistamente veían sus opositores), amigo personal del general Bartolomé Mitre. Monseñor Aneiros le negó cristiana sepultura, a lo que Mitre se opuso y ordenó su entierro en la Recoleta. Monseñor Aneiros quitó entonces la bendición al cementerio, circunstancia que persiste a la fecha. Esto permitió un espacio de libre expresión al ideario masónico a través de oscura simbología que pasa inadvertida para el no iniciado, aun desde el mismo pórtico del cementerio.

Domingo F. Sarmiento sancionó en octubre de 1868 un reglamento, intentando ordenar un tanto la desorganizada necrópolis. De esta manera, ponía en práctica alguna de las ideas que había estudiado durante su estadía en Europa. Copiando el orden germano de sus “Totenhaus” ‑casas de muertos‑ ordenó que ningún cadáver podía ser enterrado antes de transcurridas treinta horas, permaneciendo con la tapa sin clavar y con un cordel atado a un dedo del difunto con una campanilla, para el caso de que éste decidiese retornar al mundo de los vivos.

Igualmente el cementerio crecía en anarquía, hasta que el activo Torcuato de Alvear, el primer intendente de Buenos Aires, decidió reorganizarlo bajo la dirección de su dilecto colaborador, el arquitecto Juan A. Buschiazzo, imprimiendo al lugar el aspecto que hoy conocemos, convertido en Panteón de la Patria, con algo de museo fúnebre como Pére Lachaise en París y Staglieno en Génova.

En nuestras tierras se acudía a tributar un último adiós a los que partían, con profusión de trajes negros, luto riguroso (que se mantenía por meses), muchos llantos (aun a expensas de contratadas lloronas), largos y algunos memorables discursos, con más de un orador cuando la importancia del difunto así lo requería.

Estas ceremonias estaban reservadas solamente a los hombres. Las mujeres sufrían en su hogar, no en público.

portenia0

Las visitas al cementerio eran obligadas y las familias se paseaban por sus corredores no sólo para rendir respetos al ido, sino con inconfesables vanidades y ostentaciones mundanas. Las vecindades del cementerio se poblaron con marmolerías, broncerías, constructores y floristas en las mismas cuadras que hoy ocupan elegantes restaurantes y lugares para noctámbulos. Esta característica frívola, que tanto asombra a los turistas, tiene su origen en las Romerías del Pilar, festejos en honor a la virgen de Zaragoza, que se llevaban a cabo todos los 12 de octubre en las cercanías del cementerio, hasta bien entrado el siglo XX.

[2] La Porteña, conducida por el inge­niero Allan, trasladaba los féretros con las víctimas de la epidemia. El ingeniero murió en ejercicio de sus funciones.

Extracto: Morir en Buenos Aires

Por: Omar Lopez Mato

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*