Buenos Aires, 21/09/2017, edición Nº 1047
Noticias del Museo Funerario:

El cementerio desconocido del Sur Porteño

Si bien no debemos olvidar como antecedente a los cementerios de las poblaciones originarias, limitamos este trabajo a la historia de uno de los enterratorios casi desconocidos del Buenos Aires del siglo XIX. La historia de los cementerios porteños tiene su origen en la fecha misma en que se asienta la población española. Con la vida llega la muerte, y si bien las primeras disposiciones para la inhumación de los cuerpos mantenían las tradiciones europeas, ofreciendo un lugar dentro o vecino de las iglesias, el incremento poblacional y los mayores conocimientos en materia de higiene mortuoria, fueron aportando nuevas visiones al problema, que dieron origen a otras soluciones ya desde las primeras décadas del siglo XIX.

Las medidas de secularización propuestas a partir de 1822, con la creación del cementerio del Norte y el consecuente cierre de los enterratorios parroquiales, no fueron las primeras que se tomaron en nuestro territorio al respecto. Ya el 24 de septiembre de 1798 una Real Cédula había ordenado que en Jujuy, Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y Córdoba se construyeran cementerios alejados del perímetro urbano, determinándose además sus características. Además, numerosas propuestas aparecen también en nuestra ciudad, demostrando la preocupación sanitaria que los sistemas aplicados para las inhumaciones causaban en los gobernantes de la época. (1) Luego de la caída de Rosas, y con la paulatina inserción del país en la economía mundial, la expansión urbana se acelera. Esto origina nuevas necesidades de orden práctico cuya resolución inmediata, hacía a todos los órdenes del planeamiento, incluyendo por cierto a estos establecimientos. Pasarían sin embargo todavía varios años, hasta que el incremento poblacional – y el de su consecuente nivel de mortandad, acrecentado por la epidemia de fiebre amarilla del año 1871 -, obligarán al Gobierno a construir nuevos cementerios.

ALGUNOS ANTECEDENTES

Aún luego de habilitado en abril de 1821 el primer cementerio independiente de parroquia alguna (perteneciente a la comunidad británica – protestante -), pasarían algunos meses hasta que el 13 de diciembre de ese mismo año Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia dicten el decreto Nº 109, estableciendo que la administración y el funcionamiento de los cementerios serían responsabilidad exclusiva del Estado.

Esta norma determinaba la construcción de dos enterratorios al oeste de la ciudad : destina para uno de ellos el sitio y edificio de los misioneros franciscanos (2); dispone que la administración y custodia estarían a cargo de la policía; que los gastos de sepultura se dividan en partes iguales entre el administrador y el cura de la parroquia (hasta tanto se provean por presupuesto los gastos del culto); que habría un capellán en cada cementerio, y que, desde el siguiente 1º de enero, se prohibía cualquier sepultura en los enterratorios que se utilizaran hasta ese momento, entre otros artículos.

Las carencias económicas impidieron llevar adelante este proyecto, hasta que el 1º de julio de 1822 otra norma determinó la utilización para estos fines del Convento de los Recoletos y sus tierras aledañas. En consecuencia, el día 8 del mismo mes y año se crea el Cementerio del Norte. Éste se inaugura el 17 de noviembre, cuando se producen las primeras inhumaciones, y desde 1949 lleva el nombre de Cementerio de la Recoleta.

Como bien explica Núñez este fue en rigor un “camposanto” hasta 1863.

Un entredicho de las autoridades institucionales con la jerarquía eclesiástica, que habían negado su autorización para dar sepultura a un suicida, determinan el dictado de un decreto en el que se ordena efectuar la inhumación haciendo caso omiso de la disposición del obispo el 9 de junio de 1863. Los tiempos estaban cambiando, y aunque éste, ipso facto, declara “profanado” al cementerio y le retira la bendición, sin conflicto el camposanto pasa a ser cementerio, laico y común como lo serán los demás de la ciudad, aunque en ellos – y de manera por demás rutinaria -, aún en la actualidad se celebre el ritual funerario católico, debiendo expresar su negativa el deudo que no desee hacer pasar a su difunto por el trance. El 1º de junio de 1832 Rosas había ordenado la expropiación de los predios conocidos con el nombre de “La Convalescencia ”. En el decreto se indica que en la finca y terreno así denominado, se erigiría un cementerio con el nombre de Cementerio del Sud, de seis cuadras cuadradas de superficie. Pero no pasó – por entonces -, de ser un proyecto fallido.

¿Qué área de Buenos Aires llevaba la denominación de “La Convalescencia ”?

Podríamos limitarla entre las actuales calles Dr. Ramón Carrillo, Suárez, Perdriel y Av. Amancio Alcorta, entonces casi el borde suroeste de la ciudad. Es una meseta rodeada por una barranca cuya una altura no sobrepasa los diez metros, de lados relativamente irregulares. En los años que estamos recordando, el lugar, hoy sumamente arbolado, estaba cubierto de agrestes pastizales. La calle Sola comunicaba la zona con el puente de Gálvez, mientras que el Camino al Paso de Burgos lo hacía con aquel otro cruce del Riachuelo, más o menos en el sitio donde hoy está el Puente Alsina. Ambos permitían el paso de las carretas, y de tropas de hacienda que se dirigían a los Corrales del Sur – donde se las comercializaba para los saladeros, o se carneaba la destinada al consumo – o desde allí, hacia el Riachuelo y las localidades sureñas. (3)

Estos generaban un muy intenso movimiento, comprobable a través de las estadísticas que los Jueces de los Corrales elevaban a la Municipalidad. En 1866, por ejemplo, allí ingresaron 185.271 cabezas para abasto de la ciudad, 62.243 para invernada y nada menos que 348.919 para los saladeros de ambas riberas del Riachuelo.

La presencia de los corrales motivaba constantes desgracias y conflictos con los vecinos, que solían terminar en “… escándalo en el puente de Barracas, donde continuamente se hacinan las tropas de carretas que entran y las numerosas tropas de ganado que salen (que provocan) las disparadas de hacienda por toda la población.” (4)

En su inmediata vecindad y sobre la misma calle Sola “… se hallan los tres establecimientos, San Buenaventura, Convalescencia, Casa de Espósitos y una numerosa población…”, a partir de la quinta década del siglo XIX.

La especial situación que vivía el Estado de Buenos Aires, escindido de la Confederación Argentina, el desarrollo de que van adquiriendo los intercambios comerciales y la producción agropecuaria, además del afianzamiento de su puerto como el principal del país, encuadran la época en que ubicamos esta investigación.

Superada esta etapa, desde 1860 (año en que Buenos Aires se reincorpora al resto de las provincias) hasta 1873, el todavía no muy elevado en número, pero persistente ingreso de inmigrantes, estuvo dificultado por las guerras civiles. Con el afianzamiento de la paz interna su número crecerá regularmente, elevándose – en grandes cifras -, de 5.000 en 1860 a 48.000 en 1873.(5)

El crecimiento poblacional de la ciudad ha comenzado a acelerarse, como vemos en el cuadro que sigue , referido al número de habitantes de Buenos Aires(6):

1822 – Censo de Rivadavia – 55.416 1855 – Censo de la Ciudad – 92.709 1864 – Cálculo anónimo – 140.000 1869 – Censo Nacional – 187.126

Un considerable incremento sólo cuarenta y siete años, aunque estas cifras pueden ser objeto de razonables dudas, dados los métodos estadísticos aplicados. Consecuentemente, esa mayor población, entre la cual proporcionalmente se incrementaba el número de fallecimientos, iba limitando los factores de ocupación de espacios en los limitados espacios de los cementerios porteños. Los nuevos criterios sanitarios, que, desde años atrás aconsejaban alejar los enterratorios de las áreas habitadas, plantean además un nuevo requerimiento. Van pasando los años, pero nada se concreta en la materia; causas más importantes van dejando en el olvido el proyecto rosista.

“ La Municipalidad cree que el informe anual de 1859 podrá incluir esta obra como una adquisición ya hecha. Es de toda urgencia dotar a la ciudad de dicho Cementerio, por las dificultades que presenta uno solo para la conducción de los cadáveres de lejanas distancias y porque el aumento de la población lo reclama.” (7)

Si bien las referencias siempre lo ubican en el mismo sitio, las denominaciones habitualmente utilizadas para el mismo – “ terrenos de los Corrales ” y “ la Convalescencia ” -, mantienen la poca precisión con que se trataban aquellas áreas de la ciudad todavía poco urbanizadas. El extracto del informe de 1859 del Ingeniero de la Corporación Municipal, D. José María Romero, dice que “… demarcó en los terrenos de los corrales, la sección que debía quedar afecta á la Sociedad de Beneficencia, la que correspondía a la casa de Dementes que vá á construirse, y la del Cementerio del Sur. En el plano respectivo ha sido consignada esa traza.” (8) Aunque no hemos dado con “el plano respectivo”, a que hace referencia Romero, este documento nos demuestra lo confuso de la identificación. Los “ terrenos de los corrales ” estaban en el actual parque España, y sobre la meseta de “la Convalescencia ”, los de la Sociedad de Beneficencia y el de los dementes, donde hoy están los neuropsiquiátricos y el Hogar Rawsonavenida Alcorta por medio. A todo esto, en abril de este mismo 1858, se pide una sesión secreta de la corporación municipal, motivada por la presencia de una presunta epidemia de fiebre amarilla, que había producido cuatro muertos el 1º de ese mes. Frente a esta posición, aparece la de los que consideran que “… la poca atención con que se había mirado por el Consejo de Higiene Pública el primer caso de la enfermedad que se sentía, había sido causa de su continuación y desarrollo.” (9)

Y continúan las confusiones geográficas. Ese mismo año las autoridades concursan la construcción del cementerio, aparentemente en los terrenos de los Corrales del Sur, como José Juan Maroni (10) también lo supone, porque la documentación consultada no indica el sitio exacto : sólo hace referencia a “La Convalescencia ”.(11) La ley de la provincia de Buenos Aires sancionada el 14 de octubre de 1858 tampoco indica el lugar exacto de su ubicación. El pliego solo habla de la nivelación del terreno.(12)

“El Senado y la Cámara de Representantes del Estado de Buenos Aires reunidos en Asamblea Gral., han sancionado con valor y fuerza de ley lo siguiente: Artículo 1º Autorízase a la Municipalidad de la Ciudad para emplear hasta la suma de dos millones de pesos, en la construcción de una casa de dementes y un Cementerio público al Sud de la Ciudad. Artículo 2º La suma determinada en el artículo anterior, será cubierta con el producto de los terrenos vendidos y que se vendieran en conformidad á la ley de 6 de septiembre de 1856. Artículo 3º – En adición á la suma votada por el artículo 1º se autoriza á la Municipalidad para invertir en las mismas obras el producto de venta de sepulturas del mismo cementerio. Artículo 4º Comuníquese al Poder Ejecutivo.- Dios guarde al Sor. Vicepresidente ms. años.”

PROYECTOS DE CONSTRUCCIÓN PARA UN CEMENTERIO EN EL SUR

Nos ha parecido conveniente hacer referencia a dos documentos que se encuentran en el Archivo del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires. Ninguno de los dos fue realizado, pero formaron parte de los proyectos de construcciones de la ciudad. Ambos corresponden a un período unos diez años anterior al del cementerio provisorio.

I – EL PROYECTO DE PRILIDIANO PUEYRREDÓN

El 18 de junio de 1858, antes de la sanción de la ley a la cual nos referíamos en el capítulo anterior, Prilidiano Pueyrredón (13), conocedor certero, seguramente por su cargo de “arquitecto municipal” desde el 20 de abril de 1858 y por haber integrado la Corporación Municipal en 1857, de las necesidades que generaba la falta de cementerios, presentó un presupuesto para la construcción de uno. Los planos, cuyos originales están en apariencia desaparecidos, aparecen reproducidos en algunos de los trabajos que consultamos, y se adecua a la esquina en que se unen Caseros y Amancio Alcorta. Podemos comprobarlo comparándolo con un plano actual. El estilo de la capilla responde al gótico de que habla Pueyrredón. Resulta sumamente ilustrativo analizar las características del contrato que propone – un documento de notable y perfecta caligrafía -, dirigido al vicepresidente de la Municipalidad, su amigo y socio en negocios del campo, el Dr. Miguel Azcuénaga :

“… Habiendo entendido que la Corporación se halla escasa de recursos para la construcción del proyectado Cementerio del Sud, de cuyos presupuestos, calculados sobre aquella distancia y una perfecta edificación, resulta un costo de algo más de quinientos mil pesos; y considerando la gran urgencia y utilidad pública de esta obra; propongo, como un medio fácil y comodo de egecutarla (sic)…”

Y nos enteramos que la obra quedará terminada en el término de un año, “… desde el día que se abran los primeros cimientos…”, que será puesta en manos de “… uno de los maestros más inteligentes que se hallan en esta Capital…”, se responsabiliza de la conservación de las construcciones por el término de cinco años, exceptuando la pintura y deterioros eventuales o los casos de fuerza mayor, detallando las características de los materiales a emplear y de los espacios a construir: Las mezclas se harían con cal viva y arena para paredes y tabiques; con polvo de ladrillo para los cimientos, pisos y techos y con cal viva, arena y tierra bayonesa para las bovedillas de los nichos. Se usarían ladrillos de la mejor calidad que se encuentre en los hornos, con dos hiladas en los pisos del templo, una en los cuartos y oficinas, y tres en los pisos de los nichos inferiores tendrán tres.

Las baldosas, “ … francesas de su clase respectiva y de la mejor calidad que se usa, en todos los pisos y techos, esceptuandose las habitaciones altas del capellán, cuyos pisos serán de madera.”

Y sobre este último material, las del techo de azotea serán de quebracho y alfajía de urunday; en los otros techos serán de pino de tea con alfajía de urunday, mientras que en los marcos de puertas y ventanas se usará algarrobo, con batientes de cedro y postigos de pino de Rusia. Las puertas del templo serían de cedro. Templo, cuartos anexos y oficinas serían revocados con cal viva y arena, y blanqueados con cal de córdoba.

En cuanto a la descripción de la obra, Pueyrredón nos dice que el atrio tendrá el largo de la iglesia, con un ancho de 6 á 7 varas y cerrado con un parapeto de material y pequeñas puertas de antepecho de fierro. Su piso sería de baldosas ó de piedra inglesa “… si la Municipalidad la prefiere.”

Los nichos hubieran quedado separados por paredes de ladrillo de distintas medidas y sus puertas se cerrarían en el momento de la introducción del cadáver, “… por cuenta de quien la Municipalidad ordene no siendo del empresario”. En el centro del patio se ubicaría un pozo que se entregará calzado, con brocal y pilares “… y de una forma adecuada al local.”, mientras que las letrinas, cuya profundidad alcanzaría hasta el agua, se entregaban “… calzadas hasta la tosca firme, embovedadas y con sus asientos de piedra.”

El cementerio estaría rodeado por un cerco, y sus veredas exteriores e interiores “… no serán de cuenta del empresario, ni tampoco la parte correspondiente á las disposiciones de jardinería.”, así como tampoco los “… Altares; y los demás accesorios del culto…” Los detalles económicos de la propuesta incluyen, como forma de reembolso de los gastos de las obras, la venta de los nichos, que “… no podrán alquilarse ni ocuparse de por tiempo, sinó que serán vendidos á perpetuidad, a menos que la Municipalidad no disponga alquilarlos abonándome su importe de venta, desde ese momento.” Los precios de los mismos – que solo podrían ser utilizados por su titular, y contener no más de un cuerpo por cada uno -, iban desde los $ 440 hasta $ 1.760 m/c, proponiendo Pueyrredón que “… Toda bóveda ó monumento independiente y distinto de estos nichos, antes que estén todos enajenados y satisfechas las partidas al empresario, pagará un derecho de UN MIL PESOS m/c, por cada sepultura de terreno que ocupe, escepto en el caso de destinarse á abrigar los restos de ciudadanos ilustres, declarados tales por las autoridades competentes.” Sólo podrían ser enterrados fuera de los nichos los cadáveres de pobres de solemnidad y los procedentes de enfermos de los Hospitales del Estado ó de la Cuna, no siendo responsabilidad del constructor y/o empresario, los deterioros causados por la introducción de los restos en los nichos.

La contabilidad debía llevarla la Municipalidad, con vista y copia de los registros y demás documentos cada vez que lo requiriera el contratista, y una serie de otros detalles que dejaban abierta la negociación, ya que “… si la Municipalidad se digna proponerme otras condiciones, las atenderé debidamente, y puedo asegurar que las aceptaré á menos que me obligasen á pérdidas superiores á mis fuerzas ” El documento incluye una propuesta para llevar a cabo la obra por medio de una empresa particular, que no encontramos en nuestra búsqueda. Sin embargo, existen en archivo varias cotizaciones parciales de diferentes oferentes, entre ellas una, fechada el 26 de abril de 1858 (que lleva el Nº 8, sobre papel sellado de 3 pesos), del “entrepreneur” francés Adrien Noel, que fija como domicilio “… la rue de Brazil entre la rue de la Defensa et la rue Sta. Rosa… tout fait d´apres les plains et conditions de l´ingeniere en chef Monsieur Pueyrredon ”, en la que resalta una curiosidad : sobre el lado izquierdo de dos de las cotizaciones aparece escrita la palabra “OJO+ ”, observándose tachados los valores puestos por el francés y corregidos con otros importes. (14) El 3 de agosto de 1858 se traslada el expediente a la Comisión de Obras Públicas, a cuyo Presidente se dirige al ingeniero municipal Mariano Moreno el 27 del mismo mes y año, informando que “ Motivos de delicadeza fundada en antecedentes que estan en conocimiento de la mayoria de los Señores municipales, me inhabilitan para expedirme en el informe ordenado ”. Existía, según es posible deducir de la documentación derivada de las memorias y actas de la Corporación Municipal, una rivalidad entre Moreno y Pueyrredón. Entendemos que esta es la explicación que tenemos a nuestro alcance para dar razón de estas palabras, con las que concluye el expediente: En las Memorias Municipales se deja constancia de su oportuna aceptación. (15)

Podríamos decir, – sin dejar de reconocer los derechos que le corresponden a cualquiera que proponga una transacción comercial -, que lo que aquí contamos sobre esta propuesta podría contraponerse a la afirmación de algunos autores, sobre que “… importa señalar la actuación del arquitecto que, con total desinterés, colabora en la realización de las obras públicas que efectúa el Estado de Buenos Aires entre los años 1854 y 1862…” ya que la muestra nos ofrece la visión de un prudente hombre de negocios, más que de un benefactor de la porteñidad. (16)

II – EL PROYECTO DE PEDRO LOPERTI

También algo antes de la sanción de la Ley que autoriza la construcción del cementerio, en un documento que firma el Arquitecto Pedro Loperti, éste presenta un presupuesto y proyecto “… de un cementerio para construirse al Sud de Buenos Aires en el terreno de la Convalescencia…” indicando que lo envía por habérselo encargado el Honorable Consejo.(17) Su datación puede resultar confusa, fechado el 8 de marzo de 1858 en el ángulo superior derecho del primero de los folios y el mismo día, pero de 1856, en la carilla final.

“… La planta del Cementerio la adapté a la forma del terreno que se puso disponible para este objeto. Su forma ayuda en parte a dar mas carácter serio al conjunto del Edificio. La disposición arquitectónica Greco-Romana y del carácter peculiar que le imprimí, como se ve en el plano, le da, según mi modo de ver, un carácter profundamente serio y propio para el objeto …”

El autor se propone llevarlo al mas alto grado de elegancia y seriedad, pero superando las dificultades economicas. Considerado pues lo económico, “… lo adopté en su conjunto y decidí someterlo al examen de V.S.”

Aunque el autor habla de la forma del terreno “ que se puso disponible ”, la documentación consultada no facilita ningún dato que permita comprobarla. Tampoco indica la ubicación ni encontramos el plano a que hace referencia. La descripción del proyecto preveía una única entrada general, casas habitación para el capellán y el sepulturero, calles con hileras de cipreses a los costados, capilla, “… terreno disponible para sepulturas, e idem segregado para sepultar los suicidados (18) …”, que además contaría con su propia entrada; grandes sepulturas para particulares – para quien quisiese “… levantar monumentos sepulcrales de algun lujo… ” -, y otras de segundo orden; seis grandes nichos en la capilla, treinta y cuatro similares en las paredes y ochocientos treinta y cinco regulares en el mismo sitio; jardines – uno para el capellán y el otro para el sepulturero – “… anexos á las casitas para alegrar en algo la melanconica posición de los habitantes”, así como tierra cultivable para sembrar flores frente a cada sepultura y alrededor de toda la pared de circunvalación. El osario ocuparía todo el ancho de la capilla y llegaría a bastante profundidad por debajo de la misma, contando con “… ventanas para depositar los huesos…”, proponiendo el autor que “… por ahora se podría acabar solamente la entrada, las dos casitas y la Capilla y las paredes de circunvalación levantarlas hasta 2 varas y ½ esperando á acabarlas á poco á poco, como se vaya vendiendo las sepulturas…” El sistema de desagües del terreno era bien práctico: “ En el centro el terreno será mas alto de modo de inclinar las lluvias á desagüar á los dos lados pasando por debajo de los nichos inferiores de la pared de circunvalación. ” Concluyendo con estos proyectos, la Memoria Municipal de 1858 nos informa que: “ A pesar del tiempo transcurrido no ha podido llevarse a ejecución la obra proyectada del Cementerio del Sur. La Municipalidad aprobó el plano del Sr. Prilidiano Pueyrredón, pero dificultades de detalle han postergado el asunto. ” (19)

Pero siguen pasando los años. Todo quda en ideas y preocupaciones que no terminan de encausarse : no se concreta ninguna obra. Como será recurrente en nuestra historia argentina, la imprevisión obligará que el cementerio se haga a las corridas y mal, cuando una nueva epidemia, de gravedad importante, aceche a los porteños. Y aún así, como veremos, antes de llegar a esa solución, se habilitará un enterratorio provisorio, para hacer frente a las urgencias. Será necesario cubrir la macabra producción de cadáveres provenientes de los hospicios, las cárceles y en general, de los desposeídos de estas tierras del sur porteño cuando una nueva epidemia de cólera se abata sobre Buenos Aires.

LA EPIDEMIA DE CÓLERA Y LAS CONDICIONES DE SALUBRIDAD

Según Héctor Recalde, la aparición del cólera fue notificada por la “Revista Médico Quirúrgica ” el 8 de abril de 1867, produciéndose una reagravación de la epidemia hacia el siguiente octubre, atacando además otras regiones del país. Se caracterizó por causar estragos en todos los barrios de la ciudad, abarcando hasta las clases más ricas, en general menos afectadas por estas contingencias.

“Esta vez … el cólera se mostró especialmente maligno … No está demás consignar la inutilidad del nutrido arsenal terapéutico de la época, ante una enfermedad que entonces era de naturaleza desconocida. ” (20)

En un documento del 25 de febrero de 1867, los médicos Claudio Amoedo y Manuel Blancas informan al Jefe de la Policía, Cayetano María Cazón, que “… se habla con fundamento que el Cólera Morbus se halla en la Capital del Imperio del Brasil …”, proponiendo una serie de medidas higiénicas y alimentarias tendientes a prevenir su llegada a Buenos Aires a la vez que describen su deplorable situación higiénica. (21)

“Hace mucho tiempo que notamos la falta de visitas domiciliarias y la falta de Policía en los Mercados, donde la fruta verde se expende a todo el que quiera comprarla, donde los huevos importados del extranjero, ya en estado de descomposición pasan a las Confiterías y a otros establecimientos en que se elaboran masas azucaradas. Hemos notado que las basuras son derramadas en centros de población y en lugares bajos, donde las aguas y el sol producen necesariamente fermentaciones pútridas de muy perniciosa influencia. ¿Cree Vs. que no vale la pena de llamar la atención de quien corresponda sobre los abusos y descuidos que hemos denunciado más arriba ? Inhumano sería el no hacerlo, amagados como estamos por una enfermedad o una peste tan eminentemente destructora. A nuestro juicio, y sin alarmar la población se hace necesario el proceder … a las visitas domiciliarias. Hay trattorias o fondines italianos que no teniendo espacio para más habitantes que 10, hospedan … a 25 ó 30, hay casas o corralones que son verdaderos cuarteles por el número crecido de individuos que alojan y allí, puede decirse que se derraman y estacionan todas las inmundicias, pues ninguno de esos habitantes se cree en el deber de verificar la limpieza que los otros no practican. Hay por fin mil preceptos higiénicos que no se llenan en nuestro Buenos Aires …¿el Riachuelo de Barracas estará destinado a ser siempre el receptáculo de todas las inmundicias de los saladeros y demás establecimientos circunvecinos (fábrica de estearina)? ¿los productos eterogéneos de la Usina del gas deberán siempre tener por lecho el Plata?¿Las basuras de la población deben continuar siempre destinadas al terraplén de los pantanos o al nivelamiento de los huecos? Creemos que no deben existir consideraciones de ningún género para personas ni casas, pues la primer consideración es la salud del Pueblo. No se nos diga que los habitantes de ambas márgenes del Riachuelo están gordos y gozando de espléndida salud : los habitantes del Cabo Norte de Montevideo estaban en esas mismas condiciones en el año 1857; la fiebre amarilla desarrollada en aquel inmundo foco dió cuenta de todos ellos … Aprovechemos el ejemplo. En vista de lo expuesto, V.S. determinará. No es nuestro ánimo infundir un pánico aterrador … pero sí deseamos estar en las mejores condiciones por lo que pudiera suceder. Por otra parte, con esto no se haría otra cosa que poner en vigencia las reglas generales de la higiene a cuyo efecto hay dictadas muchas ordenanzas municipales que están hoy en desuso.”

El 7 de marzo, Cazón da traslado de la nota a la Municipalidad, casi suplicando que “…la ponga en conocimiento de la Corporación…atendida la importancia del asunto. El infrascripto, con este motivo se permite tambien hacer presente que hace más de cuatro años que no se practican las visitas domiciliarias, operación muy importante a fin de estimular al vecindario a conservar en sus casas el mayor aseo…”.

Todo resulta inútil. En pocos días más el cólera llegaba a Buenos Aires. La actualidad que conservan estas descripciones para amplias zonas de nuestro país, nos muestran que si bien se avanzó en lo que hace a la lucha contra las enfermedades, poco fue el progreso en lo que hace a la desaparición de las antihigiénicas condiciones de vida de tantos de nuestros contemporáneos. Agregemos a este cuadro tan “cotidiano” la despreocupación constante y persistente de muchos vecinos de la ciudad, que resulta por demás reiterado describir, aunque se destaca arrojar residuos en cualquier parte, acción vigente tanto en 1867, como hoy.

Una muestra de las condiciones en que se incubaban las epidemias, la encontramos en una nota que Francisco Wrigth, a cargo de la sección 2da. de la policía dirige el 3 de enero de 1867 al antes mencionado Cazón, en la que informa haber detectado que “Don Donato Carbone” había comprado por $ 250 m/c, al “Hospital Brasilero” setenta y cuatro colchones de lana, ciento sesenta almohadas de paja y lana, y “… como sesenta colchones de paja, existiendo alguna lana usada lo mismo que los colchones, desparramada por el suelo…”. Sospechando, Wrigth averigua que las cantidades eran mayores : “ … resultó ciento cincuenta colchones de lana, ciento sesenta almohadas de lo mismo, ochenta y seis almohadas de paja y ochenta y seis colchones de lo mismo …”. Depositados en la calle San Lorenzo Nº 38 el mismo día se ordena su embargo, ya que estaba prohibida la comercialización de colchones usados, en especial viniendo éstos de un hospital donde hubieron tan distintas enfermedades, que podrían generalizarse con el uso de estos elementos tratados sin las más mínimas condiciones higiénicas. (22)

Los doctores Luis María Drago y Leopoldo Montes de Oca, presidente y secretario del Consejo de Higiene Pública, envian al Presidente de la Municipalidad de la Capital un informe contestando una consulta del día 7 de abril de 1867, con una serie de recomendaciones sanitarias, cuya síntesis transcribimos :

“Todos los cadáveres deberán ser enterrados bajo tierra á un metro por lo menos de profundidad. Los cadáveres de los invadidos ( por la epidemia ) serán enterrados seis horas despues de su fallecimiento, debiendo cubrirse con una capa de cal viva y colocarse en cajones herméticamente cerrados. Tanto en los cementerios como en cualquier otro establecimiento público que dé lugar a emanaciones miasmáticas deberán practicarse las fumigaciones nitrosas, por lo menos tres veces al día.”

Además reiteran la necesidad de contar con nuevos cementerios. Contestando con extensión de detalles “… acerca de algunos puntos relativos a la epidemia reinante …”, dicen en un apartado que “… deben establecerse dos cementerios provisorios, uno en la parte oeste y otro en la parte sud de la Ciudad.”

Aún considerando las deficiencias en la confección de las estadísticas de esos tiempos, que podemos comprobar en las planillas que hemos tenido a la vista, así como la posible inexactitud de muchos diagnósticos, consignamos que Recalde estima en más de tres mil los muertos por el cólera de 1867. La enfermedad se propagó con rapidez: “Esa primera gran epidemia costó al país en poco tiempo más vidas que todas las bajas de su ejército en cinco años en la guerra del Paraguay.” (23)

CEMENTERIO PROVISORIO

Como decíamos más arriba, si mucho más conocido resulta el “definitivo” Cementerio del Sud, “el de la fiebre amarilla ”, que estuviera en la actual Plaza Ameghino, no existió solo éste : hemos recopilado documentación acerca de un enterratorio provisional, – previo al de la calle Caseros -, habilitado al iniciarse la epidemia de cólera morbus de abril de 1867, y al que – teóricamente al menos -, se pretendió desafectar hacia junio de ese mismo año.

En el plano de Saint Yves encontramos una primera indicación concreta sobre su ubicación. Se lo puede apreciar en uno de los extremos de la meseta de la Convalescencia, al pie de la barranca, en cercanías de la actual esquina Sudoeste de las calles Perdriel y Amancio Alcorta, vecino de los herederos de Marcos Videla hacia el Oeste y de los corrales de cerdos de Seeber y Coronell hacia el Norte. (24)

No podemos determinar con mayor precisión, cual sería en la actualidad la superficie de terreno que ocupaba.

En la misma cartografía aparece precisado también el que sería definitivo “Cementerio del Sud ”, en el cuadrángulo formado por Caseros, Monasterio, Santa Cruz y Uspallata. Veremos cómo discurren en paralelo este enterratorio, las epidemias, los proyectos y el “definitivo” cementerio del sur.

Según el diario El Pueblo del 11 de abril de 1867, se pensó abrir un cementerio en la Convalescencia, con ayuda de vecinos, a partir del día 22.

Otras precisiones sobre el tema las hemos encontrado en la presentación efectuada un tiempo después, en 1868, por el Dr. Gregorio J. de la Peña al Superior Tribunal de Justicia por poder de vecinos del Cementerio del Sud (el definitivo), en litigio con la Municipalidad, de la que extractamos que “… Habiendo sobrevenido el cólera de Abril de 1867 sin que la Municipalidad se hubiera fijado en el nuevo terreno para cementerio del Sud, resolvió hacer las inhumaciones de coléricos de los hospitales, lazaretos y creo que otros, en el campo de “la convalescencia”, al borde del camino, calle por medio con los corrales (y este dato nos confirma la ubicación del cementerio provisorio) y bajo un simple cerco de alambre. Allí se enterraron de trescientos á quinientos cadáveres.” (25)

¿A quiénes pertenecían estos cadáveres? Nos lo indica la Municipalidad el 28 de abril de 1867. Ese día se había dirigido al Jefe de Policía, Cayetano María Cazón, para hacerle saber su determinación de que los cadáveres de pobres de Rivadavia al Sur fueran conducidos al nuevo cementerio provisorio. Un día después Manuel Gomez, que era mayordomo del vecino Hospicio de San Buena Ventura y había sido encargado temporariamente del cementerio, informa al “Prezidente” de la Municipalidad que el 28 se han sepultado “… onze cadaveres de barias procedencias y cuatro individuos del Hospicio de San Buenaventura habiendo cido sepultados anteriormente todos los cadaveres de los Dementes que han fallecido en dicho Hospicio incluso el cadáver de un marinero remitido por el Comisario de la decima cuarta Seccion.”

Con su peculiar estilo y ortografía, envía el 2 de mayo “… doce planillas que presentan los individuos que han sido enterrados en dicho sementerio desde el día veinte de abril hasta la entrada de noche del día de ayer…”, mientras que el 16 del mismo mes (los informes eran diarios ) que “…el día de ayer pasó como el anterior pues no ha abido defuncion ninguna en este Cementerio.”

Unos días antes, en nota del 23 de abril, la “… comisión nombrada para arreglar el Cementerio provisional al Sud…” pone en conocimiento del presidente de la Municipalidad la necesidad de adoptar medidas que ordenen el tránsito de las haciendas por la zona, ya que el enterratorio se encontraba, como vimos, muy cerca de los corrales y corría el riesgo de ser invadido por las bestias. Una nota del director del Hospicio, Dr. José María de Uriarte a la Municipalidad, del 27 de abril de 1867, nos permite conocer la cantidad de muertos y atacados por el mal que él registraba entre el 16 de ese mes y las 8.00 de la mañana del día en que escribe. Sumaban cuarenta y siete los fallecidos, nueve los atacados a los que considera salvados, y trece los que quedan en asistencia. Como curiosidad, anotemos que en la lista del día 25 figura muerto “ Napoleón Bona-parte, francés ” (sic) .

La planilla del 17 de mayo da cuenta de cuatro sepultados. Se trataba de dos niñas de color y otra blanca, provenientes de la Casa de Expósitos, y un carnicero de 18 años que muriera por “accidente epiléptico ”, proveniente del Hospital General de Hombres. El comportamiento de Manuel Gómez durante la primera parte de la epidemia de 1867 le granjeó la buena voluntad de la “Comisión Especial del Cementerio del Sud ”, que propone a la municipalidad se le otorgue la suma de $ 2.000.- “… como compensación a los servicios que ha prestado durante la epidemia del Cólera Morbus…”, equiparándolo al administrador del Cementerio del Norte “… por la contracción y asiduidad con que ha desempeñado sus deberes.”

Son de imaginar las condiciones de trabajo y la indefensión que entrañaría para el personal el contacto con cadáveres provenientes de las epidemias que se abatían sobre la población.

Tanta improvisación motiva que el 4 de junio de 1867, Drago y Montes de Oca, por la Comisión de Higiene, se dirijan al ministro de Gobierno de la Provincia, Dr. Nicolás Avellaneda, solicitando la “… suspensión del entierro de cadáveres en el llamado Cementerio Provisorio del Sud.” Este pedido se justifica al haber desaparecido las exigencias de la “… mortífera epidemia del Cólera que llevaron a la Municipalidad a establecerlo en un local tan poco aparente para su objeto, en el que de ninguna manera están consultadas las leyes de la higiene pública.” Continúan diciendo que “… ha llegado el momento… de remover esa causa de insalubridad lejos de los dos establecimientos sanitarios que quedan hoy colocados a muy poca distancia del Cementerio, los Hospicios de Enajenados. Y de cuidar de que el de mujeres, que ha sido afortunadamente respetado por el flagelo epidémico, y el de hombres que ha sido cruelmente visitado, vuelvan nuevamente a las buenas condiciones de salubridad de que antes gozaban … El Consejo considera innecesario insistir… de la urgencia … de la medida … y cuenta con que el Gobierno, que tan celoso se ha mostrado por el bien del pueblo durante la espantosa epidemia que ha diezmado a la parte desheredada de nuestra sociedad, prestará atención preferente a un asunto digno de ocuparla.”

El 5 de junio Avellaneda remite la actuación a la Municipalidad para que tenga presente esta exposición “… al resolver definitivamente sobre la fundación del Cementerio al Sud.”

Y el 27 de junio Juan B. Peña, a cargo de este cuerpo, da el “adoptado” a la propuesta de los municipales Juan Lanús y Vicente Letamendi : “ Causas bien conocidas obligaron a la Corporación a establecer el Cementerio provisorio del Sud. Desde que ellas han desaparecido felizmente la Sección de Higiene es de opinión que de acuerdo con lo solicitado por el Consejo de Higiene, debe suspenderse el entierro de cadáveres en el Cementerio del Sud, y así lo aconseja. ”

Acotemos que en abril de 1867 el total de inhumaciones, – sin discriminar los motivos de las muertes -, fue (según la información municipal) de 2.450 en los tres cementerios existentes en ese momento, que, aparte del provisorio de que estamos hablando, eran el de la Recoleta y el de los Disidentes (Protestantes).

La epidemia, que parecía superada durante el invierno, recrudeció luego.

Una planilla de entierros, la Nº 19, que corresponde a 11 individuos sepultados el 16 de diciembre de 1867 y firmada por el mismo Manuel Gómez, resulta demostrativa del hecho que, a pesar de la voluntad de las autoridades, no pudo interrumpirse el uso de este enterratorio. Todos los fallecidos lo son de “ cólera morbus ”, reiteración de la epidemia de marzo/abril, excepto el hombre, del que no figura el motivo. Contiene los datos de diez mujeres y un hombre, de las cuales seis tienen como “Patria” a Buenos Aires, una era francesa, una española, una de “Montevideo ”, otra italiana, sin que se registren los del hombre. No se mencionan sus profesiones, tal vez por sus edades, que aún casi borroneadas por estar ubicadas en el pliegue del folio, permiten descubrir una mayoría de menores de edad, seguramente hijas de las infelices internadas en el hospicio en las condiciones que es posible imaginar. Eran blancos ocho; una negra; una china (¿criolla?) y otra parda. En cuanto al estado civil, parece que solteras eran seis; una viuda; dos casadas; de los demás se desconoce. Los cuerpos los había enviado el “ Hospital de las Dementes ”, salvo el hombre, que provenía de la 8ª Sección de Policía.

EL FINAL

Pero al enterratorio le quedaba poco tiempo … El día 17 de diciembre de 1867 el municipal Letamendi planteó que “… estando ya habilitado el local del cementerio del sud, era necesario proceder al nombramiento de un administrador del mismo. Así se dispuso, asignándole un sueldo de 1.800 pesos mensuales procediéndose en seguida a la elección de la persona que debía desempeñar esa plaza, resultando electo el Sr. Don Carlos D. Munilla.” Y así, con el inicio del entierro de cadáveres en el “nuevo” enterratorio, termina la corta vida del provisorio. Como hemos visto, encontramos algunas constancias que nos permitieron individualizar algunos de los que fueron sepultados en él, pero no sabemos qué se hizo de esos cadáveres al inaugurarse el cementerio definitivo de la calle Caseros. ¿ Quedaron allí, o fueron exhumados en alguna época posterior ? Detrás del lúgubre muro del actual Hospital Borda, está la respuesta.

NOTAS

1 – Núñez, Luis F., Los Cementerios, Almario d