Buenos Aires, 22/11/2017, edición Nº 1109
Noticias del Museo Funerario:

El Cementerio del Norte

El 13 de diciembre de 1821, Martín Rodríguez y Bernardino Rivadavia refrendan el decreto 109 que obligaba a “Todos los cadáveres a ser conducidos y sepultados en el cementerio que se llamará de Miserere”. Pero como no se disponía del dinero para refaccionar este enterratorio (lugar que hoy ocupa “Nuestra Señora de Balvanera”), se optó por decomisar el huerto que poseían los padres recoletos, vecino a la Iglesia del Pilar. Así se creó el cementerio del Norte, por un artículo del 8 de julio de 1822, siendo nombrado capellán el padre Juan Antonio Acevedo, que ya ejercía esa función en el humilde cementerio de los betlemitas.

Las primeros habitantes de este nuevo campo santo fueron “el liberto Juan Benito y María de los Dolores Maciel, niña de Uruguay”, al decir de Jorge Luis Borges, que le dio un origen oriental, aunque el folio I señale a la joven como natural de esta ciudad (una versión menos poética dice que el primero en ser enterrado fue

Gregorio Real y Díaz Vélez, muerto de tisis, según el diario de Juan Manuel Beruti, aunque la gente prefiera siempre un curioso desliz literario a una certera realidad). Mariano Zabaleta otorgó a este huerto su bendición. Esta secularización no fue por todos mansamente recibida y mereció las punzantes críticas de fray Cayetano Rodríguez y de fray Castañeda, que terminaron con el exilio de este belicoso sacerdote al fuerte San Martín, en tierras de don Francisco de Ramos Mejía, donde no cesó con su activa búsqueda de herejías. Pero esa es otra historia .

LA RECOLETA

El humilde huerto se pobló de cruces y de túmulos, a lo largo de los caminos diseñados por el ingeniero francés Próspero Catelin, asistido por el misterioso Pierre Benoit, el nunca ungido Luis XVII de Francia, según la chismografía local. Ambos diseñaron el frontispicio de nuestra Catedral. Benoit fue por mucho tiempo jefe del Departamento de Topografía, al que no podía asistir por enfermedad. Don Juan Manuel de Rosas jamás lo molestó, “Dejen tranquilo al francés” solía decir. Murió misteriosamente después de la visita de un compatriota.

Por años nuestro cementerio creció descuidado y anárquico, como la nación, mereciendo algunas construcciones de más envergadura en las que algunas familias enterraban a sus deudos, como los Bustillo (los primeros en erigir una bóveda), los Anchorena y la de Ignacio Pequeño, que persisten hasta la fecha.

Más hacia el fondo (sobre lo que hoy es la calle Azcuénaga), en una fosa común, se enterraban a los muertos apilados de a cuatro, sin más ceremonia que unas paladas de cal y tierra.

En 1825 la ciudad fue testigo de un evento muy particular, quizás sólo comparable al traslado del cementerio “Des Innocents” a las catacumbas parisinas (“El imperio de la Muerte”, como reza a su entrada). Por orden de las autoridades nativas, deseosas de limpiar la ciudad de dispersos cadáveres, se obligó a trasladar masivamente a los quietos pobladores de iglesias y campos santos hacia el Cementerio del Norte, oportunidad en que los habitantes de Buenos Aires pudieron ofrecer un impensado último adiós a sus seres queridos (así es que el doctor Cosme Argerich llegó al lugar que ocupa hoy en la Recoleta).

Periódicamente, existían amenazas de clausura para evitar el desorden en el que crecía la nueva necrópolis, mientras se iba poblando de nuevos ciudadanos meritorios y otros menos plausibles. Aquí, don Juan Manuel de Rosas enterró al coronel Manuel Dorrego un año después de su muerte y reservó un espacio para aquellos habitantes distinguidos ‑a criterio del Restaurador‑ por sus tareas cívicas: Pedriel, Estomba, De la Peña, Deán Funes, Marcos Balcarce y Cornelio Saavedra, accedieron a ese Olimpo patricio casi en el corazón de la Recoleta, en el “Panteón de los Ciudadanos Meritorios”. Mientras tanto, a la entrada se erigió el primero de los muchos monumentos funerarios que adornarían estas bóvedas, la que el Antonio Demarchi encargara a su amigo Tartarini en honor a su suegro, el general Quiroga. Así nació “La Dolorosa”, que no es una virgen, sino la imagen transida de dolor de María Fernández, esposa de Facundo, imagen reproducida sobre los techos de las tumbas que alternan con arcángeles y cruces los cielos del cementerio.

En los primeros tiempos, el arte funerario era más sobrio y ascético que el que impondría la burguesía adinerada de fines del siglo XIX. Sólo copones, túmulos y placas de mármol con laudatorias referencias hacia los allí enterrados‑como los doctores Fonseca y Medina‑ o en el caso del comerciante Francisco Alvarez, que en su tumba acusa a sus desleales “amigos” asesinos (1). Los excesos de la Mazorca, las guerras civiles, las eternas pestes y el retorno con gloria de los unitarios muertos en el exilio, terminaron por completar los espacios disponibles que vieron desbordada su capacidad durante la epidemia de fiebre amarilla. Atiborrada la Recoleta y el cementerio del Sur, se dispuso la creación del Cementerio del Oeste en la Chacarita de los Colegiales hacia 1871, en las antiguas tierras de los jesuitas, entonces en manos del Colegio Nacional Buenos Aires, que usaba esas dependencias para esparcimiento de sus estudiantes, como relatara Miguel Cané en Juvenilia. Era un bucólico espacio donde pastaban las vacas entre sepulcros y cruces. La primera persona en ser enterrada aquí fue el albañil Manuel Rodríguez, muerto justamente durante la epidemia.

Fuente: Todo es Historia – Morir en Buenos Aires – Entierros, velatorios y cementerios en la vieja ciudad – Omar Lopez Mato

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